Esto me sucedió hace algunos años, era otoño y tal como lo había predicho la mujer bonita de las noticias, más específico, la encargada de anunciar el pronóstico del clima, me encontré en medio de un tifón torrencial. La compañía en la que trabajaba decidió mandarme a una nueva sucursal para capacitar a los nuevos empleados, yo de inmediato acepte al escuchar los honorarios que se me darían por realizar esa labor. Me encontraba de camino al que sería mi nuevo lugar de residencia cuando la noche me dio alcance. Después de buscar por horas un hotel en donde descansar, me encontré con uno de fachada rústica y aparentemente económico lo cual le sumó muchos puntos aunado a mi poco interés por ponerme quisquilloso. Al llegar me dio la impresión de que se veía algo deteriorado pero limpio a final de cuentas y decidí pasar ahí la noche.
Cuando llegue al lobby y pedí un cuarto a la recepcionista, esta me comentó que no tenía cuartos disponibles pero al ver la tormenta que afuera imponía su fuerza me hizo saber que tenía un cuarto extra el cual regularmente usaba para resguardar cuadros y demás decorativos que no se utilizaran en el momento, como los navideños, o en su defecto, las escobas y trapeadores pero con una cama a la cual bien le podría dar utilidad. La buena samaritana también me dijo que no me cobraría absolutamente nada si al día siguiente continuaba con mi viaje. Yo encantado acepté y la mujer me entregó la llave de mi provisional cuarto e inmediatamente me dio direcciones de cómo llegar a él. Sin embargo, al dirigirme hacia donde me había indicado a paso apresurado, puesto que el día había sido en extremo extenuante, ella me detuvo en seco con un tono que bien dejaba ver una clara advertencia: “Dentro de tu habitación, se encuentra una puerta sin ningún número, la cual está cerrada, y nadie, por ningún motivo, debe de mirar dentro de ella y mucho menos entrar”. Elevé una ceja en señal de desconcierto pero le reste importancia al sentir que perdía la lucha contra la pesadez de mis parpados. Seguí las instrucciones de la dama y me encamine derechito a mi cuarto para recibir mi merecido descanso.
Prácticamente salté sobre la mullida cama, observe por breves minutos el recinto y lance una mirada curiosa hacia la puerta que se me había prohibido rotundamente abrir, no parecía tener nada interesante por lo que, gustoso, me deje vencer por el sueño.
Durante la noche unos ruidos estrepitosos me despertaron, eran lo suficientemente molestos como para sacarme de mi pesado sueño y buscando la fuente de aquel sonido fue que pose mi atención en la puerta adyacente a mi posición actual. Me quedé mirando en la misma dirección incluso varios minutos después de que el silencio volviese a reinar en la estancia. La curiosidad me carcomía pero, no muy gustoso, decidí mantenerme al margen ya que tenía que retribuir la cordialidad que se me había dado, como mínimo, siguiendo la única restricción que se me dio, además la lógica me decía que posiblemente el causante no era más que alguna rata y sus amigas haciendo una gran fiesta juntos a los adornos navideños por lo que decidí volver a dormir.
La enorme curiosidad persistía, puesto que aún se escuchaba ruidos sobre el cuarto cerrado y dado que apenas habían pasado un par de horas desde que estos me hubiesen levantado es que sentía mi voluntad ceder. “¿Qué habrá ahí?”, me pregunté constantemente mientras me debatía entre la expectación y los modales. Así pues, es que decidí encaminarme a media noche a través del cuarto, hasta la puerta sin número. Trate de abrir la puerta, pero esta se encontraba completamente cerrada.
Gracias a mi tenacidad, decidí mirar por el agujero del cerrojo. Sentí un aire helado en mi ojo y lo que vi no fue más que un cuarto anexo exactamente como el mío. En la esquina, visualice a una joven mujer con la piel más blanca que jamás haya visto, recargada en la pared, mirando hacia la cama frente a ella en la cual posteriormente se recostó dándome la espalda. Observe con detenimiento su cabello casi tan blanco como lo era su piel y enseguida me alejé de la puerta abochornado por mis acciones. No es que fuese un depravado, pero todo se hubiese evitado si la recepcionista me hubiese alertado de mi albina vecina. Me entró la necesidad de tocar nuevamente la puerta, pero opte por no hacerlo, y decidí mejor regresar a dormir por segunda ocasión. Por alguna razón, sentí una oleada de escalofríos, a los cuales les di importancia nula.
¡Vaya que mi “roomate” era muy ruidosa! Esa mujer era incluso más escandalosa que los truenos que en la anterior noche se escuchaban.
A la mañana siguiente, regrese a la puerta y volví a mirar a través de la cerradura. Esta vez, lo único que vi fue un rojo intenso. No pude distinguir nada, además de ese extraño color rojo, inamovible. “Quizás la mujer se dio cuenta de que la espiaba anoche y decidió bloquear la puerta con un papel rojo, o algo así”, me dije. Sin embargo, sentí una sensación horrible y me aleje de inmediato: otro ataque de escalofríos, una sensación de que alguien te observa.
Me apresure a regresar al lobby una vez hubiese arreglado todo para mi partida y me propuse sacarle más información a la recepcionista sobre la mujer. Ella suspiro al escuchar mi cuestionamiento y me pregunto: “Miraste por la cerradura, ¿verdad?”. Asentí un poco apenado a la mujer y entonces ella me dijo: “Bien, supongo que puedo contarte la historia: Hace unos 7 años, tuvimos una pareja hospedada en ese cuarto. El hombre asesino a su mujer, y desde entonces su fantasma ronda en ese lugar. Lo curioso es que, la mujer, era una extraña, pero hermosa joven albina, con la piel más blanca que la nieve, y ojos tan rojos como la sangre”.
miércoles, 21 de noviembre de 2012
❀ ρяoγєcтo ραят. I єscαяlαтα
Publicado por Janneth Dollanganger en 2:51:00 a. m.
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